La soledad japonesa

Nunca antes en mi vida me había ido de viaje yo sola. Nunca. Siempre que había ido a algún lado fue en compañía de mi madre (aunque suene muy niñita de mamá, pero así fue).

Cuando, hace unos años, fuimos a Los Ángeles, fue con ella y mi abuela, cuando íbamos a la playa, estaba ella ¡Incluso en el concierto de Harry Styles ahí estabamos! Tan acostumbrada yo a la compañía que ni me daba cuenta.

Pero por supuesto, para irme a Japón no había manera de que estuviera acompañada de nadie. La beca era para mí y solo para mí. Una semana, no es demasiado, ¿quién se siente sola en una semana? Pues yo.

¿Qué te digo? El viaje en avión estuvo bien, no hablé con mi compañero de asiento y no me molestó no hacerlo. Al aterrizaje, no conocía a ninguno de los chicos mexicanos que también iban al curso. Solo de “hola” o de nada, así que tampoco hablamos mucho ¿qué le iba a hacer? A veces me cuesta mucho hacer amigos, así que ya me esperaba que al principio iba a estar muy por mi cuenta.

Y pues así pasó. El primer día no contó demasiado porque fuimos a Tokio en bolita, y de tantas luces y cosas nuevas, ni me di cuenta de con quién estaba. Pero creo que cuando más lo sentí fue el segundo día, una vez que la realidad de que en verdad estaba ahí, sola, me golpeó.

Va, todavía no conocía a nadie de nada y la primera parte del día era libre ¿Qué iba a hacer? ¿Quedarme encerrada solo porque no tenía amigos con quienes salir? Pues no, era Japón. Así que me di una vuelta por el campus de la escuela con la esperanza de que si iba en una dirección fija y el wifi prendido, no me perdería.

No, no me perdí. Pero la verdad era que me sentía tal vez un poquito demasiado sola y eso, sumado con la nostalgia que me dio al subirme al primer avión, y el sentimiento de que todos mis compañeros habían congeniado a la primera con alguien menos yo, me dio por hacer una videollamada con mis amigas en casa. Ya sé, qué nena soy. Qué poco aguanto. Pero era mi primer viaje sola, se me permite.

Así que sí, esa primera mitad del segundo día me la pasé con mis amigas de casa conociendo el campus de la Universidad. Que está hermoso, déjenme decirles (pero, dejemos la descripción de 筑波大学 para otro post).

La segunda mitad del día no es menos memorable, pero se ve ligeramente eclipsada por el jetlag y el encontronazo de sentimientos de “¡Estoy en Japón!” y “Estoy sola”. En esa segunda mitad fue cuando conocimos a los estudiantes de Asia del Este que nos estarían acompañando los siguientes días.

¿Me volví a sentir sola en los días después de ese? Pues no, la verdad es que se me pasó, pero como todo, siempre hubo momentos en los que quería una cara conocida a mi lado.


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